jueves, 8 de octubre de 2015

SVETLANA ALEXIEVICH: UNA SOLITARIA VOZ HUMANA. Texto.

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA

No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de com- pras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...
En mitad de la noche un ruido. Gritos. Miré por la ven- tana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía ilumina- do. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recor- daría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mien- tras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardien- te con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.
Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bom- bero. Ninguna otra cosa. [Calla.]
A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nun- ca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...
Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordo- nado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: «Los coches están irradiados, no os acerquéis». No solo yo, vinieron todas las mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche en la central.
Corrí en busca de una conocida que trabajaba como mé- dico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche:
—¡Déjame pasar!
—¡No puedo! Está mal. Todos están mal. Yo la tenía agarrada:
—Solo quiero verlo.
—Bueno —me dice—, corre. Quince o veinte minutos.
Lo vi... Estaba hinchado, todo inflamado... Casi no tenía ojos...
—¡Leche! ¡Mucha leche! —me dijo mi conocida—. Que beba al menos tres litros.
—Él no toma leche.
—Pues ahora la tendrá que beber.
Muchos médicos, enfermeras y, especialmente, las auxilia- res de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían en- fermas. Morirían... Pero entonces nadie lo sabía.
A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que, bajo los es- combros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...
Le pregunto:
—Vasia,* ¿qué hago?
—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño. —Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me pide—: ¡Vete! ¡Salva al crío!
—Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos. Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la mis-
ma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos su- bimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no por qué, que se habían enve- nenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expre- sos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé:
¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los
Diminutivo de Vasili. (N. del T.)
estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...
Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que decía: que aquella noche se los llevaban a Moscú. Todas las esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos va- mos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos. Los soldados..., los soldados ya habían formado un doble cor- dón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el mé- dico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que lleva- ban en la central se había quemado. Los autobuses ya no fun- cionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos...
Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y mal- diciendo...
Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo mejor, cinco días. «Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña.» La gente hasta se alegró: «¡Nos mandan al cam- po!». Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófo- nos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si despertara:
—¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vue- lo especial!
Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles... [¡Y a la semana evacuarían la aldea!] ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de emba- razo. Me sentía tan mal...
Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: «¡Liusia, Liusia!». Pero, una vez que mu- rió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. [Llora.] Me levanté por la mañana y me dije: «Me voy sola a Moscú. Yo que...».
—¿Adónde vas a ir en tu estado? —me dijo llorando su madre. También se vino conmigo mi padre:
—Será mejor que te acompañe. —Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza todo el camino... En Moscú preguntamos al primer miliciano que encontramos a qué hospital habían llevado a los bombe- ros de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello porque nos habían asustado: «No os lo dirán; es un secreto de Estado, ultrasecreto...».
—A la clínica número seis. A la Schúkinskaya.
En el hospital, que era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dijo: «Pasa». Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le supliqué, le imploré... Lo cierto es que ya es- taba en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo... Encontrarlo...
Ella me preguntó enseguida:
—¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Estaba claro que tenía que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
—Sí —le contesto.
—¿Cuántos?
Pienso: «He de decirle que dos. Si solo es uno, tampoco me dejará pasar».
—Un niño y una niña.
—Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Aho- ra escucha: su sistema nervioso central está dañado por com- pleto; la médula está completamente dañada...
«Bueno —pensé—, se volverá algo más nervioso.»
—Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido que os abracéis y que os beséis. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba, sería con él. ¡Me lo había jurado a mí misma!
Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, riendo.
—¡Vasia! —lo llaman. Se da la vuelta.
—¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido! Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa una 52. Las mangas cortas, los pantalones... Pero ya le había bajado la hinchazón de la cara... Les inyectaban no sé qué
solución...
—¿Tú, perdido? —le pregunto. Y él que ya quiere abrazarme.
—Sentadito. —La médico no lo deja acercarse a mí—.
Nada de abrazos aquí.
No cómo, pero nos lo tomamos a broma. Y al momen- to todos se acercaron a nosotros; vinieron hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque habían sido veintiocho los que habían traído en avión. «¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad?» Yo les cuento que han em- pezado a evacuar a la gente, que se llevan fuera a toda la ciudad durante unos tres o cinco días. Los chicos se callaron; pero también había allí dos mujeres; una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:
—¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué va a ser de ellos? Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque solo fuera un minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situa- ción y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo.
Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
—No te sientes cerca. Coge una silla.
—Todo eso son bobadas —le dije, quitándole importan- cia—. ¿Viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué es lo que pasó? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar...
—Lo más seguro es que haya sido un sabotaje. Alguien lo habrá hecho a propósito. Todos los chicos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo creían de verdad.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categó- ricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban gol- peando la pared. Punto-raya, punto-raya. Punto... Los mé- dicos lo justificaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que uno aguanta puede que no lo resista otro. Allí, don- de estaban ellos, hasta las paredes reaccionaban al geiger. A derecha e izquierda, y en el piso de abajo. Sacaron a todo el mundo de allí; no dejaron ni a un solo paciente... Por de- bajo y por encima, tampoco nadie...
Viví tres días en casa de unos conocidos de Moscú. Mis conocidos me decían: coge la cazuela, coge la olla, coge todo lo que necesites, no sientas vergüenza. ¡Así resultaron ser estos amigos! ¡Así eran! Y yo hacía una sopa de pavo para seis personas. Para seis de nuestros muchachos... Los bombe- ros. Del mismo turno. Todos estaban de guardia aquella no- che: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura...
En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos, jabón... No había nada de esto en el hospital. Les compré toallas pequeñas... Ahora me admiro de aquellos conocidos míos; tenían miedo, por supuesto; no podían dejar de tenerlo; ya corrían todo tipo de rumores; pero, de todos modos, se prestaban a ayudarme: coge todo lo que necesites. ¡Cógelo!
¿Y él cómo está? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con vida? Con vida... [Calla.]
En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se achicó... A él. Solo a él... Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me fue preparando:
—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y acariciarle la mano.
Por la mañana temprano voy al mercado; de allí a casa de mis conocidos; y preparo el caldo. Hay que rallarlo todo, des- menuzarlo, repartirlo en porciones... Uno me pidió: «Tráeme una manzana».
Con seis botes de medio litro. ¡Siempre para seis! Y para el hospital.... Me quedo allí hasta la noche. Y luego, de nuevo a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido resis- tir? Pero, a los tres días, me ofrecieron quedarme en el hotel destinado al personal sanitario, en los terrenos del propio hospital. ¡Dios mío, qué felicidad!
—Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la comida?
—Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar alimentos.
Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas... Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas..., como si fueran unas películas blancas... El color de la cara, y el del cuerpo..., azul..., rojo..., de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es im- posible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!...
Lo que te salvaba era el hecho de que todo sucedía   de


manera instantánea, de forma que no tenías ni que pensar, no tenías tiempo ni para llorar.
¡Lo quería tanto! ¡Aún no sabía cuánto lo quería! Justo nos acabábamos de casar... Aún no nos habíamos saciado el uno del otro... Vamos por la calle. Él me coge en brazos y se pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe...
El curso clínico de una dolencia aguda de tipo radiactivo dura catorce días... A los catorce días, el enfermo muere...
Ya el primer día que pasé en el hotel, los dosimetristas me tomaron una medida. La ropa, la bolsa, el monedero, los za- patos, todo «ardía». Me lo quitaron todo. Hasta la ropa inte- rior. Lo único que no tocaron fue el dinero. A cambio, me entregaron una bata de hospital de la talla 56 —a mí, que tengo una 44—, y unas zapatillas del 43 en lugar de mi 37. La ropa, me dijeron, puede que se la devolvamos, o puede que no, porque será difícil que se pueda «limpiar».
Y así, con ese aspecto, me presenté ante él. Se asustó:
—¡Madre mía! ¿Qué te ha pasado?
Aunque yo, a pesar de todo, me las arreglaba para hacer- le un caldo. Colocaba el hervidor dentro del bote de vidrio. Y echaba allí los pedazos de pollo... Muy pequeños... Luego, alguien me prestó su cazuela, creo que fue la mujer de la limpieza o la vigilante del hotel. Otra persona me dejó una tabla en la que cortaba el perejil fresco. Con aquella bata no podía ir al mercado; alguien me traía la verdura. Pero todo era inútil: ni siquiera podía beber... ni tragar un huevo cru- do... ¡Y yo que quería llevarle algo sabroso! Como si eso hubiera podido ayudar.
Un día, me acerqué a Correos:
—Chicas —les pedí—, tengo que llamar urgentemente a mis padres a Ivano-Frankovsk. Se me está muriendo aquí el marido.
Por alguna razón, enseguida adivinaron de dónde y quién era mi marido, y me dieron línea inmediatamente. Aquel  mismo día, mi padre, mi hermana y mi hermano tomaron el avión para Moscú. Me trajeron mis cosas. Dinero.
Era el 9 de mayo... Él siempre me decía: «¡No te imaginas lo bonita que es Moscú! Sobre todo el Día de la Victoria, cuando hay fuegos artificiales. Quiero que lo veas algún día».
Estoy a su lado en la sala; él abre los ojos:
—¿Es de día o de noche?
—Son las nueve de la noche.
—¡Abre la ventana! ¡Van a empezar los fuegos artificia- les!
Abrí la ventana. Era un séptimo piso; toda la ciudad ante nosotros. Y un ramo de luces encendidas se alzó en el cielo.
—Esto sí que...
—Te prometí que te enseñaría Moscú. Igual que te pro- metí que todos los días de fiesta te regalaría flores...
Miro hacia él y veo que saca de debajo de la almohada tres claveles. Le había dado dinero a la enfermera y ella ha- bía comprado las flores.
Me acerqué a él y lo besé.
—Amor mío. Cuánto te quiero.
Y él, que se me pone protestón, y me dice:
—¿Qué te han dicho los médicos? ¡No se me puede abra- zar! ¡Ni se me puede besar!
No me dejaban abrazarlo. Pero yo... Yo lo incorporaba, lo sentaba... Le cambiaba las sábanas... Le ponía el termómetro, se lo quitaba... Le ponía y le quitaba la cuña. Lo aseaba... Me pasaba la noche a su lado... Vigilando cada uno de sus movi- mientos, cada suspiro.
Menos mal que fue en el pasillo y no en la sala. La cabeza me empezó a dar vueltas y me agarré a la repisa de la venta- na. En aquel momento pasó por allí un médico, que me suje- tó de la mano. Y de pronto:
—¿Está usted embarazada?
—¡No, no! —Me asusté tanto. Tenía miedo de que alguien nos oyera.


—No me engañe —me dijo en un suspiro.
Me sentí tan perdida que ni se me ocurrió contestarle.
Al día siguiente me dijeron que fuera a ver a la médico jefe.
—¿Por qué me ha engañado? —me preguntó en tono se- vero.
—No tenía otra salida. Si le hubiera dicho la verdad, uste- des me habrían mandado a casa. ¡Fue una mentira piadosa!
—Pero ¿es que no ve lo que ha hecho?
—Sí, pero a cambio estoy a su lado...
—¡Criatura! ¡Alma de Dios!
Toda mi vida le estaré agradecida a Anguelina Vasílievna Guskova. ¡Toda mi vida!
También vinieron otras esposas. Pero no las dejaron en- trar. Estuvieron conmigo sus madres. A las madres les de- jaban pasar. La de Volodia Právik no paraba de rogarle a Dios: «Llévame mejor a mí».
El profesor estadounidense, el doctor Gale —fue él quien hizo la operación de trasplante de médula—, me consolaba: hay esperanzas, pocas, pero las hay. ¡Un organismo tan fuer- te, un joven tan fuerte! Llamaron a todos sus parientes. Dos hermanas vinieron de Belarús; un hermano, de Leningrado, donde hacía el servicio militar. La hermana pequeña, Nata- sha, de catorce años, lloraba mucho y tenía miedo. Pero su médula resultó ser la mejor... [Se queda callada.] Ahora puedo contarlo. Antes no podía. He callado durante diez años... Diez años. [Calla.]
Cuando Vasia se enteró de que le sacarían médula espinal a su hermana menor, se negó en redondo:
—Prefiero morir. No la toquéis; es pequeña.
La mayor, Liuda, tenía veintiocho y además era enferme- ra, sabía de qué se trataba: «Lo que haga falta para que viva», dijo. Yo vi la operación. Estaban echados el uno junto al otro en dos mesas. En el quirófano había una gran ventana... La operación duró dos horas.


Cuando acabaron, quien se sentía peor era Liuda, más que mi marido; tenía en el pecho dieciocho inyecciones, y le costó mucho salir de la anestesia. Aún sigue enferma, le han dado la invalidez... Había sido una muchacha guapa, fuerte... No se ha casado...
Yo iba corriendo de una sala a otra, de verlo a él a visi- tarla a ella. Él no se encontraba en una sala normal, sino en una cámara hiperbárica especial, tras una cortina transpa- rente, donde estaba prohibido entrar. Había unos instru- mentos especiales para, sin atravesar la cortina, ponerle las inyecciones, meterle los catéteres... Y todo con unas vento- sas, con unas tenazas, que yo aprendí a manejar. A extraer de allí... Y llegar hasta él... Junto a su cama había una silla pequeña.
Entonces se empezó a encontrar tan mal que ya no podía separarme de él ni un momento. Me llamaba constantemen- te: «Liusia, ¿dónde estás? ¡Liusia!». No paraba de llamarme. Las otras cámaras hiperbáricas en que se encontraban nuestros muchachos las cuidaban unos soldados, porque los sanitarios civiles se negaron a ello, pedían unos trajes aislan- tes. Los soldados sacaban las cuñas. Limpiaban el suelo; cam- biaban las sábanas. Lo hacían todo. ¿De dónde salieron aquellos soldados? No lo pregunté... Solo existía él. Él... Y cada día oía: «Ha muerto...». «Ha muerto...» «Ha muerto Tischura.» «Ha muerto Titenok.» «Ha muerto...» Como mar-
tillazos en la sien.
Hacía entre veinticinco y treinta deposiciones al día. Con sangre y mucosidad. La piel se le empezó a resquebrajar por las manos, por los pies. Todo su cuerpo se cubrió de forúncu- los. Cuando movía la cabeza sobre la almohada, se le queda- ban mechones de pelo. Y todo eso lo sentía tan mío. Tan querido... Yo intentaba bromear:
—Hasta es más cómodo. No te hará falta peine.
Poco después les cortaron el pelo a todos. A él lo afeité yo misma. Quería hacerlo todo yo.


Si lo hubiera podido resistir físicamente, me hubiera que- dado las veinticuatro horas a su lado. Me daba pena perder- me cada minuto. Un minuto, y así y todo me dolía perderlo... [Calla largo rato.]
Vino mi hermano y se asustó:
—No te dejaré volver allí. —Y mi padre que le dice:
—¿A esta no la vas a dejar? ¡Si es capaz de entrar por la ventana! ¡O por la escalera de incendios!
Un día, me voy..., regreso y sobre la mesa tiene una naran- ja... Grande, no amarilla, sino rosada. Él sonríe:
—Me la han regalado. Quédatela. —Pero la enfermera me hace señas a través de la cortina de que la naranja no se puede comer. En cuanto algo permanece a su lado un tiem- po, no es que no se pueda comer, es que hasta tocarlo da miedo—. Venga, cómetela —me pide—. Si a ti te gustan las naranjas. —Cojo la naranja con una mano. Y él, entretanto, cierra los ojos y se queda dormido.
Todo el rato le ponían inyecciones para que durmiera. Narcóticos. La enfermera me mira horrorizada, como dicien- do... ¿Qué será de mí? Yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que él no pensara en la muerte... ni sobre lo horri- ble de su enfermedad, ni que yo le tenía miedo...
Hay un fragmento de una conversación. Lo guardo en la memoria. Alguien intenta convencerme:
—No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Re- cobre la sensatez.
Pero yo estoy como loca: «¡Lo quiero! ¡Lo quiero!». Él dormía y yo le susurraba: «¡Te amo!». Iba por el patio del hospital: «¡Te amo!». Llevaba el orinal: «¡Te amo!». Recorda- ba cómo vivíamos antes. En nuestra residencia... Él se dor- mía por la noche solo después de cogerme de la mano. Te- nía esa costumbre, mientras dormía, cogerme de la mano... toda la noche.


En el hospital también yo le cogía la mano y no la sol- taba.
Es de noche. Silencio. Estamos solos. Me mira atentamen- te, fijo, muy fijo, y de pronto me dice:
—Qué ganas tengo de ver a nuestro hijo. Cómo es.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Bueno, eso ya lo decidirás tú.
—¿Por qué yo sola, o es que no somos dos?
—Vale, si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.
—¿Cómo que Vasia? Yo ya tengo un Vasia. ¡Tú! Y no quiero otro.
¡Aún no sabía cuánto lo quería! Solo existía él. Solo él...
¡Estaba ciega! Ni siquiera notaba los golpecitos de debajo del corazón. Aunque ya estaba en el sexto mes. Creía que mi pe- queña, al estar dentro de mí, estaba protegida. Mi pequeña... Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras me dejaban pasar. Al principio también me querían conven-
cer:
—Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos. —Y yo corría tras ellas como un perrito. Me quedaba horas enteras ante la puerta. Les rogaba, les imploraba. Y entonces ellas decían: «¡Que te parta un rayo! ¡Estás loca perdida!».
Por la mañana, antes de las ocho, cuando empezaba la ronda de visitas médicas, me hacían señas desde detrás de la cortina: «¡Corre!». Y yo me iba durante una hora al hotel. Pues desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche tenía pase. Las piernas se me pusieron azules hasta las rodillas, se me hincharon, de tan cansada que me encontraba. Mi alma era más fuerte que mi cuerpo... Mi amor...
Mientras yo estaba con él... No lo hacían. Pero cuando me iba, lo fotografiaban. Sin ropa alguna. Desnudo. Solo con una sábana ligera por encima. Yo cambiaba cada día esa sábana, aunque, al llegar la noche, estaba llena de sangre. Lo incor-


poraba y en las manos se me quedaban pedacitos de su piel; se me pegaban. Yo le suplicaba:
—¡Cariño! ¡Ayúdame! ¡Apóyate en el brazo, sobre el codo, todo lo que puedas, para que alise la cama, para que te quite las costuras, los pliegues! —Cualquier costurita era una herida en su piel. Me corté las uñas hasta hacerme sangre, para no herirlo.
Ninguna de las enfermeras se decidía a acercarse a él, ni a tocarlo; si hacía falta algo, me llamaban. Y ellos... Ellos, en cambio, lo fotografiaban. Decían que era para la  ciencia.
¡Los hubiera echado a patadas a todos de allí! ¡Les hubiera gritado y les hubiera pegado! ¿Cómo se atrevían? Era todo mío. Lo que más quería... ¡Si hubiera podido impedirles en- trar! ¡Si hubiera podido!...
Salgo de la sala al pasillo. Y me guío por la pared, por el sofá, porque no veo nada. Paro a la enfermera de guardia y le digo:
—Se está muriendo. Y ella me dice:
—¿Y qué esperabas? Ha recibido mil seiscientos roent- gen, cuando la dosis mortal es de cuatrocientos. —A ella también le daba pena, pero de otra manera. En cambio para mí, él era todo mío. Lo que más quería.
Cuando murieron todos, repararon el hospital. Quitaron el yeso de las paredes, arrancaron el parqué y lo tiraron. La madera...
Prosigo. Lo último... Lo recuerdo a fogonazos. A frag- men... Todo se desvanece...


Una noche, estoy sentada a su lado en una silla. Eran las ocho de la mañana:
—Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco.
Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación, y me acuesto en el suelo —no podía


echarme en la cama, de tanto que me dolía todo—, llega una auxiliar:
—¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar! —Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido con tanta insis- tencia, me había rogado: «Vamos juntas al cementerio. Sin ti no soy capaz». Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik.
Éramos amigos de Vitia. Dos familias amigas. Un día an- tes de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la residencia. ¡Qué guapos se veía a nuestros maridos! Alegres. El último día de nuestra vida pasada... La época anterior a Chernóbil... ¡Qué felices éramos!
Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera:
—¿Cómo está?
—Ha muerto hará unos quince minutos.
¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si solo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba:
«¿Por qué? ¿Por qué?». Miraba al cielo y gritaba... Todo el hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me reco- bré y me dije: «¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver!». Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado.
Sus últimas palabras fueron: «¡Liusia! ¡Liusia!». «Se aca- ba de ir. Ahora mismo vuelve», lo intentó calmar la enferme- ra. Él suspiró y se quedó callado...
Ya no me separé de él. Fui con él hasta la tumba. Aunque lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polictileno. Aquella bolsa... En la morgue me preguntaron:
—¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?
—¡Sí que quiero!
Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapa- tos adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lu- gar de pies, unas bombas. También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner.


Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días... Le levan- taba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne... Le salían por la boca pedacitos de pul- món, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me en- volvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto!
¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!... Todo esto tan querido... Tan mío... Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.
Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esa bolsa, lo colocaron dentro del ataúd. El ataúd también envuelto en otra bolsa. Un celo- fán transparente, pero grueso, como un mantel. Y todo eso lo metieron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo dentro. Solo quedó el gorro encima...
Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos pañue- los negros en Moscú... Nos recibió la comisión extraordina- ria. A todos les decían lo mismo: que no podemos entregaros los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vues- tros hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un ce- menterio de Moscú de una manera especial. En unos fére- tros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón. Deben ustedes firmarnos estos documentos... Necesitamos su consentimiento. Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personalidades. Y pertenecen al Estado.
Subimos al autobús. Los parientes y unos militares. Un coronel con una radio. Por la radio se oía: «¡Esperen órde- nes! ¡Esperen!». Estuvimos dando vueltas por Moscú unas dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego regresamos de nuevo a Moscú. Y por la radio: «No se puede entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales extranjeros. Aguarden otro poco». Los parientes callamos.

Mamá lleva el pañuelo negro... yo noto que pierdo el conocimiento.
Me da un ataque de histeria:
—¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es: un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?
Mamá me dice:
—Calma, calma, hija mía. —Y me acaricia la cabeza, me coge de la mano...
El coronel informa por la radio:
—Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la es- posa le ha dado un ataque de histeria.
En el cementerio nos rodearon los soldados. Marchába- mos bajo escolta, hasta el ataúd. No dejaron pasar a nadie para despedirse de él. Solo los familiares... Lo cubrieron de tierra en un instante.
—¡Rápido, más deprisa! —ordenaba un oficial. Ni siquie- ra nos dejaron abrazar el ataúd.
Y, corriendo, a los autobuses. Todo a escondidas.
Compraron en un abrir y cerrar de ojos los billetes de vuelta y nos los trajeron. Al día siguiente, en todo momento estuvo con nosotros un hombre vestido de civil, pero con modales de militar; no me dejó salir del hotel siquiera a com- prar comida para el viaje. No fuera a ocurrir que habláramos con alguien; sobre todo yo. Como si en aquel momento hu- biera podido hablar, ni llorar podía.
La responsable del hotel, cuando nos íbamos, contó todas las toallas, todas las sábanas... Y allí mismo las fue metiendo en una bolsa de polietileno. Seguramente lo quemaron todo... Pagamos nosotros el hotel. Por los catorce días...
El proceso clínico de las enfermedades radiactivas dura catorce días. A los catorce días, el enfermo muere...

Al llegar a casa, me dormí. Entré en casa y me derrumbé en la cama. Estuve durmiendo tres días enteros. No me po- dían despertar. Vino una ambulancia.

SVETLANA ALEXIEVICH ¿Por qué hay que leer a la nueva premio Nobel?

SVETLANA ALEXIEVICH  
¿Por qué hay que leer a la nueva premio Nobel
La periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich ha sido distinguida hoy con el Premio Nobel de Literatura. Una autora poco conocida, con poco obra en español, pero de quien dan las claves su traductor y su editor en España: 
¿Quién es Svetlana Alexiévich?
Es una buena combinación entre periodismo y literatura. Una escritora de Bielorrusia crítica con su país y con lo que fue la antigua Unión Soviética y de situaciones importantes de su país y de otros como Afganistán
¿Por qué le han dado el Nobel?
Es un reconocimiento al trabajo documental. Donde acaba la labor periodística y empieza la literaria.
¿Por qué hay que leerla?
Si a uno le interesa la antigua Unión Soviética tiene que leerla. Ese es el tema central de su obra, su material, sin la intervención de los analistas. En sus libros destacan los testimonios de las mujeres soviéticas que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, la catástrofe de Chernóbil, en 1986, el hundimiento de la antigua URSS y la herida moral de esa sociedad a través de los diferentes hechos históricos. Además, la problemática de Afganistán. Voces recogidas de una manera especial que llegará al corazón de los lectores.
¿Qué libro recomienda?
La guerra no tiene rostro de mujer, sobre los testimonios de las mujeres soviéticas que sobrevivieron a la II Guerra, Voces de Chernóbil y El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, sobre el drama socialista.  El Nobel ha premiado a un periodista revolucionario. Svetlana Alexiévich va más allá de la crónica usual, libros corales de no ficción. Testimonios donde la gente da su versión sobre diferentes dramas de la antigua URSS. Ella hace un acercamiento novedoso, no es aparatoso ni sensacionalista. Es la voz humana sin cortapisas.  

Cuando la humanidad migraba en masa hacia África

Cuando la humanidad migraba en masa hacia África
El genoma de un hombre que murió en Etiopía hace 4.500 años reconstruye un capítulo olvidado de la historia y demuestra que los africanos sí tienen ADN neandertal
Retorno a la madre África. El cadáver hallado en la cueva de Mota, al sur de Etiopía
El cadáver estaba enterrado en una cueva de las tierras altas de Etiopía, con la cara boca abajo, acurrucado y con las manos juntas bajo la cabeza. Posiblemente le hubieran atado. De todos los rincones de África, este era el más adecuado para conseguir algo que parecía imposible: extraer ADN antiguo en el continente donde los humanos se hicieron humanos. Hasta hace poco este tipo de hazañas científicas que reconstruyen al detalle la historia de nuestra especie solo habían sido posibles allí donde el frío intenso preserva el ADN durante milenios. Pero Etiopía es diferente, porque gran parte del país es una enorme meseta a más de 2.000 metros y no es raro que haya temperaturas bajo cero. Tras hallar el cadáver de aquel hombre en 2011, un equipo de científicos, entre ellos un español, anuncia hoy que han secuenciado todo su ADN, obteniendo así el primer genoma antiguo de un africano.
Los restos indican que este hombre hallado en la cueva de Mota, al sur de Etiopía, vivió hace 4.500 años. Medía 1,58 centímetros y pesaba 55 kilos. Pero lo más importante es que data de una época anterior a un misterioso éxodo humano desde Oriente Medio hasta el Cuerno de África del que apenas se supo hace un año. Esto ha permitido usar su ADN como referencia para compararlo con el de poblaciones africanas actuales.
El éxodo lo protagonizaron descendientes de los mismos pueblos que llevaron la agricultura a Europa hace unos 8.000 años El estudio, publicado hoy en Science, confirma que hubo un gran retorno a la madre África hace unos 3.000 años y que arrastró dos veces más gente de lo que se pensaba anteriormente. “Se trata del mayor movimiento de poblaciones de vuelta a África del que se tiene constancia”, resalta Materia Marcos Gallego, un segoviano que investiga en la Universidad de Cambridge y que es el primer firmante del estudio.
Hasta ahora se sabía que los humanos modernos abandonaron África hace unos 65.000 años para ocupar el resto del planeta. El nuevo trabajo desvela otro movimiento en sentido contrario. Lo protagonizaron descendientes directos de los pueblos que llevaron la agricultura a Europa desde Oriente Medio hace unos 8.000 años. Al parecer, miles de años después, hicieron lo mismo en el Este de África, donde llevaron nuevos cultivos como el trigo o la cebada y también la primera ganadería del continente. Todo esto, de lo que no había ni rastro en los libros de historia, aparece ahora escrito en el ADN.
“Este es el africano más puro que conocemos, aún no muestra la aportación euroasiática que sí vemos en las poblaciones actuales del continente”, explica Gallego. La huella de los euroasiáticos es más fuerte en algunos pueblos del Cuerno de África. Llega a suponer un 47% en las gentes de Tigray, al norte de Etiopía, o un 42% en Sudán del Norte, explica este bioquímico. Pero el estudio demuestra también que los pueblos del oeste y el sur de África, incluidas las poblaciones más ancestrales como los yoruba o los mbuti, cazadores y recolectores de las selvas remotas del Congo, tienen al menos un 5% de ADN euroasiático. Aquella gran migración se expandió por todo el continente, probablemente en varias etapas.
El estudio estima que la llegada de los euroasiáticos supuso en torno al 30% de toda la gente que ya vivía en la zona. No se ha hecho un cálculo en números absolutos, explica Gallego. Las razones que empujaron a esta oleada migratoria son aún un misterio y no se explica por el clima, señalan los autores del estudio. Sí coincide con restos arqueológicos que atestiguan la llegada a la zona de la revolución agrícola y ganadera.
De Cerdeña al Cuerno de África
Una comparación detectivesca del genoma de Mota con el de poblaciones actuales ha determinado el origen de los migrantes con precisión. Sus parientes vivos más cercanos son los sardos, que han permanecido en Cerdeña relativamente ajenos a la mezcla con otros pueblos y son los humanos actuales más parecidos a los primeros pueblos agrícolas de Mesopotamia. Fueron esos pueblos los que trajeron la agricultura a Europa y, tres milenios después, esos mismos euroasiáticos buscaron refugio en África. “Desde el punto de vista genético, eran la misma población que había abandonado Oriente Medio miles de años antes”, ha explicado Eppie Jones, investigadora del Trinity College de Dublín y coautora del estudio. Todo el puzle se ha podido resolver gracias a los ari, una tribu del valle del río Omo de Etiopía que siguen siendo los más cercanos genéticamente al hombre de Mota, aunque ellos sí que tienen genes euroasiáticos.
Al contrario de lo que se pensaba, los africanos sí tienen ADN neandertal
El hombre de Mota era un cazador y recolector y no tenía las variantes genéticas que aportan tolerancia a la lactosa ni otros rasgos característicos de los agricultores euroasiáticos. “No tiene ninguno de los alelos derivados de color de ojos y de piel que se encuentran en las poblaciones euroasiáticas, lo que sugiere que tenía los ojos marrones y la piel oscura”, señala el estudio. Sí tenía ya genes de adaptación a la vida a gran altitud, un rasgo característico de los etíopes actuales.
El trabajo aporta una última sorpresa: al contrario de lo que se pensaba, los africanos sí tienen ADN neandertal. Hasta ahora se sabía que los Homo sapiens y sus primos neandertales tuvieron hijos, un cruce que hizo que todas las personas nacidas fuera de África tengan un 3% más o menos de ADN de la especie extinta. El nuevo trabajo muestra que los euroasiáticos que regresaron a África trajeron de vuelta también parte de ese ADN neandertal. “Ahora sabemos que el porcentaje de ADN neandertal en los africanos es de en torno a un 0,2%”, resalta Gallego.
El hueso más duro del cuerpo
Parte del éxito de este estudio se debe al hueso petroso, uno de los más densos que hay en todo el cuerpo. Los investigadores taladraron esta parte del cráneo que rodea el oído interno y consiguieron rescatar suficiente ADN del polvo resultante, algo que nunca se había logrado hasta ahora usando dientes, la parte del cuerpo más común para estos trabajos. “Este hueso es lo más compacto que hay en el esqueleto y puede aportar entre 50 y 100 veces más ADN que un diente”, resalta Carles Lalueza-Fox, experto en genética de poblaciones que colabora con el equipo firmante del trabajo. Este estudio, señalan los autores, puede ser solo la antesala del análisis de nuevos restos africanos, incluso más antiguos. El único inconveniente es que para llegar al hueso petroso hay que cortar la parte inferior del cráneo, algo que muchos científicos, incluidos los responsables del yacimiento de Atapuerca con los que Lalueza-Fox ha comentado la técnica, no están dispuestos a permitir, explica.
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EL MINISTRO AGUSTIN ROSSI CREARA EL SISTEMA DE ARCHIVOS DE LA DEFENSA
El SAD está destinado a unificar los criterios de conservación y archivo de los documentos de las tres Fuerzas Armadas. Apunta a consolidar y ampliar el trabajo de desclasificación sobre el terrorismo de Estado realizado en los últimos años.
El Ministerio de Defensa alista una resolución que dará vida a lo que denomina Sistema de Archivos de la Defensa. El SAD, impulsado por el ministro Agustín Rossi, está destinado a unificar los criterios de conservación y archivo de los documentos de las tres Fuerzas Armadas y del ministerio que hasta ahora se manejaron con distintos modos de conservación, secreto o destrucción. Pero de cara a las elecciones de octubre, también es una herramienta pensada sobre todo para consolidar y preservar a largo plazo el enorme patrimonio generado por la desclasificación de los archivos del terrorismo de Estado realizado durante estos años. “El Sistema de Archivos de la Defensa –dicen los fundamentos– contribuye a los deberes del Estado Argentino en la promoción, respeto y garantía de los derechos humanos incluido el derecho a la Verdad, a la Justicia y a la reparación que permitieron asegurar las garantías de un estado democrático para las generaciones actuales y futuras.”
Stella Segado es directora de Derechos Humanos del ministerio. Estuvo a cargo del diseño de esta resolución que será presentada oficialmente el 14 y 15 de octubre en un seminario del que participarán otras agencias del Estado, encargadas durante estos años del inédito trabajo en desclasificación de los archivos de la dictadura. El balance de estos años abarca desde las resistencias de los militares a abrir sus archivos, en especial de la Armada, que hasta ocultó una habitación con documentos como el legajo adulterado de Alfredo Astiz. Hasta lo que sucedió con la desclasificación de los últimos documentos sobrela guerra de Malvinas. “Es increíble y revolucionario”, dice Segado cuando menciona que el personal del archivo del Ejército tomó clases en el Archivo General de la Nación estimulado por Defensa. Y allí llevaron para hacer como trabajo práctico los documentos secretos de Malvinas. Sabiendo que era un material sensible, lo inventariaron. Cuando llegó el ministerio a analizarlo luego de la desclasificación ordenada por Cristina Kirchner, el trabajo que en otra época hubiera requerido empezar de cero, estaba casi completo.
De las jornadas que se realizarán el 14 y 15 de octubre participarán, entre otros organismos e instituciones que trabajan con archivos vinculados a la dictadura, la Comisión Nacional de Valores y el Archivo provincial de la Memoria a cargo de los documentos ex Dipba. “La idea es mostrar cómo se trabajó el derecho a la Verdad que fue transversal en toda la administración pública. Qué hizo cada uno. Y todos nos fuimos cruzando y trabajando en conjunto”, dice Segado.
–¿Cuál es el balance después de todos estos años?
–El trabajo en archivos no sólo arrancó con nosotros. Cuando llegamos había un equipo con una dinámica diferente que buscaba documentación para los juicios. Empezaban a entender que era necesario explicar de qué trataban esos documentos. Empezaron a elaborar informes. Cuando llegué, profundizamos el trabajo sobre documentación porque estaba sin ningún criterio. Por una cuestión de guarda había que aplicar criterios archivísticos. Comprometimos a la misma gente de las Fuerzas Armadas. La gente del Ejército que trabajaba en los archivos fue a capacitarse al Archivo General de la Nación. Todos hicieron cursos de archivo. De a poco empezaron a contratar conservadores. A tener otro criterio. Al principio con resistencias y luego descubrieron que les facilitaba la tarea. Esa tarea bastante invisible hacia afuera se convirtió en muchos documentos que se hicieron públicos. Detrás estuvo este proceso increíble, si uno piensa que pasó dentro de las Fuerzas Armadas. Por ejemplo, que vaya gente uniformada a tomar un curso de cómo se guarda un documento al Archivo General de la Nación. O que empiecen a ver que la historia también se cuenta cuidando los documentos. Las Fuerzas Armadas acompañaron todo el proceso histórico de nuestro país. Los 200 años de historia, pero no había una concepción de cuidado de los documentos que eran los que contenían los hechos históricos. Tenías un legajo de un soldado de 15 años de 1817 al lado de un personal retirado en 2000. Había que entender qué es lo histórico y qué no.
–¿Cree que hubo un cambio en serio?
–Se fueron modificando las resistencias. Y en serio. Por ejemplo, la Armada no tenía un departamento histórico. Y no quería tenerlo. Discutimos. Ellos tenían sus propios investigadores y con eso era suficiente. Armar un archivo dentro del departamento histórico fue meternos en Casa Amarilla. Hacer que se trasforme en un archivo. Y vos vas ahora y no lo podés creer: porque pasaron de ‘no queremos un archivo’, a tener uno con conservadores, mesas de lectura increíbles que ellos mismos compraron. Hubo muchísimos cambios. Pero hay resistencias en otras cosas. Creo que va llevar mucho tiempo. Tenemos que entender que todavía muchos tuvieron contacto con gente que hoy está siendo enjuiciada. Fueron sus superiores. Todavía se juega una cuestión de lealtad mal entendida. Pero dentro de la disciplina militar uno tiene que comprender que se sienten como obligados a ese superior. Es complejo. Nos falta atravesar una generación, para estar en contacto con militares que no hayan tenido contacto con ellos. Pero así y todo está, hay cosas como Malvinas.
El lunes, Página/12 dio cuenta de archivos desclasificados sobre la guerra de Malvinas que aportan nuevas pruebas sobre los tormentos sufridos por los soldados argentinos manos de sus superiores. La información fue enviada a la fiscalía federal de Río Grande y servirá para imputar a ocho militares.
“Cuando llegamos a la última documentación que se desclasificó –cuenta Segado– ya estaba toda inventariada. Dentro de su curso de capacitación en el Archivo Gnereal de la Nación, el Ejército llevó como tarea práctica hacer el inventario de Malvinas. Hizo ese trabajo antes de que pudiéramos desclasificarlo. Hicieron un inventario como correspondía, desde la lógica archivística. Es decir que cuando llegamos a desclasificar, ya estaba hecho más de la mitad. Que era lo más importante. Nosotros hicimos el análisis documental, pero lo otro ya estaba. Cuando lo contás, no sé si logra transmitir la dimensión de lo que tiene, pero los que tuvimos que atravesarlo decimos: ¡uh, mira todo lo que hemos hecho! Sabían que era un material sensible.”
El archivo histórico del Ejército está a cargo del militar Fernando Di Palmo. El año pasado se encontraron o recibieron una documentación de Riccheri, cartas de fin del siglo XIX. “Cuando fuimos –da otro ejemplo la funcionaria– primera escena: encontré un equipo de conservación trabajando con los documentos. Quedamos en trabajar en conjunto. Fue gente a inventariar y digitalizar, porque la conservación la están haciendo ellos con un equipo que contrató Ejército. Al comienzo creíamos que no íbamos a poder avanzar más allá de lo que hiciera Defensa, pero las tres Fuerzas tienen ahora conservadores, archiveros y se dan cuenta que es necesario.”
–¿Cómo se protege el largo plazo?
–En ese largo camino empezamos a pensar que era necesario un cierre. Por eso, surgió la idea de poner la mirada en lo reglamentario para que hacia adelante se pudiera trabajar con esos parámetros de archivo y conservación. Trabajamos en lo que se va a llamar el SAD, que tiene un antecedente en España. El agregado militar argentino nos mandó información y empezamos a estudiar la reglamentación. Hicimos un SAD argentino.
Hasta ahora cada Fuerza se manejaba con criterios propios y distintos en cuanto a qué se conserva. La nueva reglamentación dejará sin efecto los reglamentos que ordenaban el tema: plazos de guarda; qué tipo de documentación se guarda y cuál; cuál es histórica; qué es secreto, qué se puede mostrar, en qué condiciones, quién tiene interés legítimo y quién no. Habrá una Junta de Clasificación que decidirá qué cosas se tiran y qué no. Estará formada por integrantes de las Fuerzas Armadas y el ministerio de Defensa. la composición se definirá en las próxima gestión y saldrá por resolución ministerial.
–¿Qué opinaron los militares del SAD? Otra vez, ¿hubo resistencias?
–Venimos trabajando con ellos a la par. Ellos nos van diciendo qué se les complica. Mucha documentación de lesa humanidad que se pide ya no existe. No existe porque hubo distintos mecanismos para que se fuera destruyendo. Más allá de que hubo intención, también estaba escrito que había que hacerlo. Por ejemplo, de nuevo el tema Malvinas. Había una directiva de (Cristino) Nicolaides que decía: esta documentación es secreta. Todos los casos de violación a los derechos humanos –no lo decía de esta forma– van a ser tratados como cuestiones disciplinarias. Así, a una persona que había torturado le daban cinco días de arresto. Después, esa documentación fue clasificada como secreta. Y no hubo manera de hacerla pública, ni usarla en los juicios porque era secreta. Hubo que desclasificarla. Todo eso va a estar regulado. Nos pareció importante que los archivos de las Fuerzas Armadas sean como cualquier otro archivo, que estén dentro de la ley del Archivos General de la Nación. Y dentro del SAD va a estar el archivo central del ministerio de Defensa, que hasta hoy no existe.
–¿Será digital?
–No. Por supuesto va a estar la digitalización, pero como una herramienta más. Para nosotros es importante la guarda del documento físico. Por supuesto la herramienta digital sirve también como resguardo del papel. Va a estar en los parámetros de cualquier otro archivo. Obviamente, hay que pensar en presupuestos. Si es necesario, en otros edificios. En muchos casos, los archivos funcionan en lugares no aptos para archivos. El papel pesa, no puede estar en pisos muy superiores y tampoco en un subsuelo. Se necesita una planta baja y hasta un primer piso. Nos pasó cuando se derrumbó una parte del edificio Cóndor por la guarda del papel. Se humedece y pesa más. Pero sí, es realmente revolucionario pensar los archivos de la Fuerzas Armadas que tienen documentación histórica como archivos y no como depósitos de papel y eso ya te cambia la mirada.
–¿Recuerda alguna imagen de los archivos cuando los encontraron?
–Todos los documentos estaban apilados de distintas maneras. Por ahí, había un criterio topológico. Vos preguntabas, ¿en este lugar está tal cosa? Y decían: en el segundo estante lo vas a encontrar. O encontrabas pila de documentos atados con hilo sisal. No estaban en cajas. La Armada guardaba en cajas de madera, viejísimas. Como eran de madera parecía que conservaban bien el papel, pero era una cantidad de documentación tal en cada caja que no entraban tantos documentos. Había muy pocas cajas. Y cuando se terminaron, guardaron con papel madera. Bultos y bultos y bultos que no se sabía ni lo que había adentro porque les había llegado así y así lo guardaron. El criterio era que el dueño del material era quien lo depositaba. Si lo depositaba Bahía Blanca, el de allá perdía el control con la distancia y el de acá no podía meter mano porque no era dueño. Eso hubo que modificarlo.
–¿Qué queda pendiente?
–Si tuviera que decir qué faltó, me hubiese encantado hacer un trabajo en el Mercorsur con los archivos. Argentina es el único lugar de la región dónde un ministerio entró en los archivos de las Fuerzas Armadas. Estoy convencida de que un legajo uruguayo se debe leer igual que uno brasileño porque nuestros Ejércitos se formaron con las mismas escuelas. Creo que hay que meterse con las historias de las Fuerzas Armadas. No llegamos nosotros, pero creo que éstas son las cosas que hay que marcar para no ir para atrás, sino para adelante.

12 de Octubre:NADA QUE CELEBRAR.


PROF. HAROLDO QUINTEROS. 09/10/2015.

                                                 NADA QUE CELEBRAR.

El 12 de octubre es para muchos el día del “Descubrimiento de América” y también el “Día de la Raza.” Con esos nombres lo celebran todavía  autoridades y escuelas en Chile. En muchas de ellas nuestros niños cantan el himno nacional de España y se leen apologéticos poemas a Colón, el marino italiano que aquel día, en 1492, en nombre de los reyes de España, arribó a la isla caribeña de Guanahani, que llamó San Salvador. Para cualquier niño que tuviera un poco de sentido crítico, estos rimbombantes actos cívicos del 12 de octubre eran harto incomprensibles. Primero, porque nuestros maestros también nos enseñaban detalles de la heroica resistencia  de nuestras etnias aborígenes en defensa de su tierra contra el colonialismo español, un enemigo que, inmensamente superior en lo militar, fue abusivo, expoliador y  despiadado hasta el sadismo con nuestros primeros ancestros americanos. Bastaba sólo que nos contaran sobre el empalamiento de Caupolicán y la mutilación de Galvarino para que tembláramos de horror antes las atrocidades del invasor español. También nuestros maestros nos enseñaron detalles de la cruenta lucha de los patriotas criollos por librarnos de ese mismo enemigo, una potencia anti-republicana y anti-democrática,  importadora, además, de la siniestra Inquisición. Por fin, más tarde, ya en la Universidad, la fantasía escolar del 12 de octubre se acabó para siempre, cuando aprendimos bien de qué se trataba todo. Veamos:
1.         Europa y España no salieron al Atlántico a “descubrir” nada, sino a ocupar militarmente Asia, continente entonces ya conocido por los europeos. Es decir, el plan era asaltar Asia sorprendiéndola por el occidente. El viaje de Colón sólo consistió en probar que ello era posible. Por más de medio siglo, mientras “sometían” a los supuestos asiáticos a sangre y fuego, los españoles y toda Europa, sin saber que la tierra era más grande de lo que creían, pensaron que las tres carabelas habían desembarcado en Asia, de modo que la península de La Florida era la entrada a Catay (China); Cuba, Cipango (Japón); y México, la India (de allí el adjetivo gentilicio “indio” que España y demás potencias colonialistas europeas usaron para referirse a los pueblos americanos de entonces, y que, por uso, quedó para siempre.
2.         Por supuesto, no se descubren tierras con las que se topa sin saber qué son; aun menos se descubren seres humanos. Sólo se descubren cosas, objetos, y nada más. Los seres humanos se ENCUENTRAN con sus semejantes. Los europeos, además, se encontraron en América con poblaciones que vivían un importante período de civilización. La gran ventaja europea no era, por ejemplo, la medicina ni la Astronomía. Lo era su tecnología de guerra, basada en el dominio del hierro y la pólvora, más el uso del caballo.
3.         Excepto la prédica religiosa humanista de algunos sacerdotes que no se prestaron, como casi todos los demás, a amparar e, incluso, alentar las atrocidades de sus compatriotas contra nuestros pueblos originarios, los europeos (los primeros, los españoles) vinieron aquí en plan de conquista y anexión de territorios a sus imperios; y, sobre todo, a buscar riquezas, particularmente oro, el acicate que dio vida al orden general de la economía global de la época, el Mercantilismo. Para facilitar el despojo, lo ejecutaron por medio del terror, la explotación feudal, y en muchos casos, la más franca esclavitud. Lo hicieron brillantemente: nueve décimos de la población continental autóctona fue aniquilada en menos de cien años.
Finalmente, el “Día de la Raza” no existe. Veamos por qué. Hay americanos que creen que tal “raza” serían “los descubiertos” por Colón. Supina ignorancia, porque el 12 de octubre surgió hace cinco siglos como el día de la “raza española.” Mayor ignorancia aun es suponer que haya raza española o cualquiera otra. Hoy, la Antropología descarta  categóricamente la existencia de “razas,” cuestión que el descubrimiento del genoma estableció definitivamente hace unas décadas, al probar que las diferencias biológicas entre los seres humanos son absolutamente insignificantes, como el color de la piel o ciertos rasgos de la forma del cráneo. Por lo tanto, desde el punto de vista netamente científico, hoy sólo puede hablarse de “pueblos,” “etnias” y “comunidades,” y no  de “razas.” Pues bien, el 12 de octubre sigue siendo el día  nacional de España, pero ya no se llama “Día de la Raza.” El Estado español, advertido del ridículo internacional que hacía su país con llamar así ese día, anuló ese título y lo cambió, por decreto constitucional de 1987, por el de, simplemente, “Día Nacional de España.” 
En nuestros días, una fuerte corriente intelectual y cívica española exige anular definitivamente este día como el día de España porque no recuerda nada sublime ni heroico. Por el contrario, como lo sabe cualquiera persona culta, esa fecha marcó el inicio de un período de por los menos dos siglos y medio de opresión del más fuerte sobre el débil. Por cierto, los europeos, todos sin excepción, arrasaron con las culturas americanas en un  clima general de despojo, genocidio, torturas, mutilaciones, descuartizamientos y quemas masivas de indígenas, lo que hasta hoy, quizás sólo con la excepción del Holocausto del pueblo judío por los nazis, no tiene precedentes en la historia humana. La propuesta de los españoles que realmente marchan al unísono con la Historia es que el día patrio De España sea uno que recuerde una efeméride que exalte el amor a la libertad, la inteligencia y la dignidad nacional. Este día podría ser, por ejemplo, el de la victoria de los Reyes Católicos sobre el Islam a comienzos de 1492, evento que marcó el nacimiento de la España de hoy; el natalicio de Miguel de Cervantes, el novelista más excelso de la historia; o los días de la heroica resistencia del pueblo español contra el invasor napoleónico en Aranjuez.
En suma:
1.         No hubo “Descubrimiento de América.”
2.         No existe el “Día de la Raza.”
3.         Por su carácter predatorio y cruel, la invasión y conquista de América, no son dignas de celebrarse en ninguna parte.

4.         Ni siquiera existe el 12 de octubre. Como divertido colofón para este artículo, anotemos que Colón no llegó a Guanahani el 12 de octubre, sino el 21 de ese mes, según la corrección del calendario gregoriano con respecto al juliano, ya vigente en 1492.

Se formaliza alianza social y parlamentaria contra TPP en Chile



El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), 
promovido por Estados Unidos suma detractores en Chile.
 www.youtube.com/watch?v=7GUsWuqUjBE&feature=youtu.be
Este lunes se formalizó una alianza social y parlamentaria, para exigir que el gobierno se retire de las negociaciones, porque atentan contra la soberanía del país.  Estados Unidos lo promueve como un acuerdo económico de cooperación entre doce países de la Cuenca del Pacífico, pero las implicancias de sus acuerdos, solo benefician a las corporaciones transnacionales. La población chilena nada sabe de este tratado. Tan fuerte ha sido el secretismo impuesto por Estados Unidos, en torno al dicho acuerdo, que ni los parlamentarios ni la ciudadanía han tenido acceso a las negociaciones. Tanto que parece una conspiración. Por ejemplo, se ha filtrado que con las regulaciones propuestas, el acceso y los precios de los medicamentos, quedarían al arbitrio de las corporaciones farmacéuticas. Todas las grandes decisiones del país, quedarían supeditadas a las transnacionales.

martes, 6 de octubre de 2015

TTP: EEUU cierra con el Pacífico el mayor pacto de libre comercio de la historia.


EEUU cierra con el Pacífico el mayor pacto de libre comercio de la historia
05 de octubre de 2015 – El Acuerdo Estratégico Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) es un tratado de libre comercio multilateral fuertemente promovido por EE.UU. y negociado en secreto entre 12 naciones que bordean el océano Pacífico. Envuelto en la polémica, multitud de expertos apuntan a que el tratado supone una gran amenaza para la salud y el bienestar de miles de millones de personas en todo el mundo.
Países miembros. El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica esta siendo negociado entre EE.UU., Australia, Nueva Zelanda, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Perú, Singapur y Vietnam.
¿Qué es el TPP y qué implica? El TPP constituye el mayor acuerdo comercial regional de la historia, que englobaría a un 40% de la economía mundial bajo un nuevo marco normativo para el comercio y se está negociando a puerta cerrada. De acuerdo con los documentos filtrados, los 12 países ribereños del Pacífico están tratando de eliminar todas las barreras al comercio, incluidas las leyes que garantizan la seguridad alimentaria, la protección de la agricultura y la privacidad de la información de los ciudadanos.
Además, a pesar de denominarse tratado de libre comercio, no solo abarca temas comerciales, sino también aspectos sobre la libertad de Internet, los derechos de autor, la protección de patentes o la salud.
De esta forma, el acuerdo podría exigir a los países miembros adoptar normas laborales y ambientales más estrictas, limitaría la libertad de acceso a Internet, obligaría a los proveedores a suprimir contenidos a instancias de los propietarios de los derechos de autor, proporcionaría protecciones legales más fuertes a las compañías farmacéuticas y otorgaría a los inversores extranjeros una nueva forma de desafiar las leyes y las regulaciones nacionales, entre otros.
¿Qué amenazas supone este acuerdo secreto? Numerosos expertos no dejan de advertir de las graves consecuencias económicas, políticas y sociales que podría acarrear la aprobación de este acuerdo al afectar a la libertad de expresión de los ciudadanos y al derecho de naciones soberanas a desarrollar políticas y leyes que respondan a sus prioridades nacionales.
Un documento descubierto recientemente por WikiLeaks reveló que el acuerdo no parece entrañar nada bueno. De forma concreta, esta señala que el TPP fue diseñado para favorecer a las grandes corporaciones transnacionales y además permitiría a las mismas demandar a los gobiernos y solicitar millonarias indemnizaciones a cuenta de los contribuyentes.
Además, a diferencia de lo prometido por la Administración Obama, el acuerdo refuerza y amplía el sistema legal de solución de controversias inversor–Estado (ISDS, por sus siglas en inglés) y eleva a las empresas de capital extranjero a la misma categoría que los gobiernos soberanos. A tenor de esto, la senadora estadounidense Elizabeth Warrensostiene que “si la versión final del acuerdo sobre el TPP incluye al ISDS, los únicos ganadores serán las corporaciones multinacionales”. Según Lori Wallach, una de los líderes del grupo estadounidense Public Citizen para la defensa del derecho del consumidor, otro punto preocupante del tratado es la creación de un tribunal secreto en el que las empresas podrán demandar a los gobiernos ante paneles de arbitraje secretos integrados por abogados corporativos que evitan los tribunales nacionales y anulan la voluntad de los parlamentos en caso de no conseguir lo que quieren. Según la activista, esta medida destruirá por completo la legislación y pondrá en peligro los derechos fundamentales que habitualmente proporcionan los Estados democráticos.
¿Cuál es el estado actual del acuerdo? El 5 de octubre de 2015, EE.UU. y los otros 11 países ribereños del Pacífico llegaron finalmente a un acuerdo sobre el TPP. Es posible que el texto del acuerdo, que se ha estado negociando desde hace casi ocho años, tarde un mes en estar disponible. Entre los últimos puntos de desacuerdo se encontraban las protecciones comerciales para los medicamentos avanzados de los fabricantes, la voluntad de tener unos mercados más abiertos para los productos lácteos y el azúcar, así como una lenta eliminación de los impuestos de los automóviles japoneses vendidos en EE.UU.
Tras meses de acalorados debates en las cámaras del Congreso de EE.UU., el pasado 24 de junio el Senado estadounidense aprobó la ley que otorga al mandatario Barack Obama el derecho a acelerar las negociaciones sobre los pactos de comercio libre, entre ellos, el TPP. Así, esta ‘vía rápida’ obliga a los congresistas de EE.UU. a aprobar las leyes propuestas por el presidente sin la posibilidad de introducir cambios.
Carácter secreto de TPP provoca críticas en Chile
Distintas organizaciones chilenas cuestionaron el carácter secreto del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), firmado hoy en EEUU, lo que impide conocer los eventuales costos y beneficios para los países participantes, dijo a Sputnik Nóvosti una organización chilena que aboga por la transparencia del TPP. “Los acuerdos del TPP no solamente son secretos para el público, sino también para los Congresos nacionales de los países involucrados, por tanto es muy difícil saber cuáles son los beneficios y cuáles los costos que eventualmente podrían tener los países que firman este acuerdo”, señaló Claudio Ruiz, director ejecutivo de Derechos Digitales, organización chilena que promueve los derechos humanos en el uso de tecnologías de la información y la comunicación.
Ruiz señaló que lo poco que se conoce del acuerdo fue a través de filtraciones, ya que no existe información oficial sobre su contenido. Obama pide al Congreso que apruebe el TPP, rechazado por algunos demócratas
“En la democracia del siglo XXI creemos que negociar tratados de esta envergadura con carácter de secreto, no resiste el menor análisis”, afirmó. Para el director de Derechos Digitales, “a esta altura del partido, las democracias de nuestra región lo que necesitan es precisamente más transparencia y más participación, y no opacidad y secreto, que es la manera como este tratado ha sido negociado a lo largo de este tiempo”.
El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, promovido por Estados Unidos y que involucra a once países con costas en el océano Pacífico, fue firmado este lunes en la ciudad estadounidense de Atlanta, luego de varios años de negociaciones. Además de Estados Unidos, el TPP está integrado por Chile, Perú, México, Vietnam, Japón, Malasia, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Brunei y Singapur. Está considerado el acuerdo comercial más grande de la historia, ya que entre los 12 países que lo integran, representan alrededor del 40 por ciento del Producto Bruto Interno global y un tercio del comercio mundial, según informa el diario estadounidense The New York Times.
Consumidores de Perú, México y Chile lanzan alerta por Acuerdo Transpacífico. De acuerdo a las filtraciones realizadas por WikiLeaks en 2013, el TPP dificulta el acceso a medicamentos genéricos, incrementando el costo de tratamientos para enfermedades como el cáncer y el VIH, y limita los derechos humanos en lo que respecta al acceso a internet, al endurecer las sanciones por violaciones a los derechos de autor en la red, según señala el sitio web “tppabierto.net“, promovido por Derechos Digitales, que recopila información sobre el acuerdo. El tratado será debatido en el Congreso de los Estados Unidos durante 2016. El TPP ha sido cuestionado por los sindicatos estadounidenses, así como por varios congresistas del oficialista Partido Demócrata. ...//

Chomsky: El pacto Transpacífico de Obama es un asalto neoliberal de dominio corporativo
El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) que la Administración de Obama busca firmar es un asalto a los trabajadores, ya que está destinado a una mayor dominación corporativa, dice el activista Noam Chomsky.
Aunque el Gobierno de Barack Obama —que ha estado negociando desde hace años para ser miembro del TPP, así como otras 11 naciones del Pacífico— todavía no ha firmado el acuerdo, grupos de intereses corporativos estadounidenses ya han manifestado su fuerte apoyo al TPP, que describen como un acuerdo de libre comercio que fomenta el crecimiento económico.
Sin embargo, varios expertos aseguran que ese tratado tendrá efectos negativos sobre todo en el acceso a medicinas, cultura, libertad en internet y en las regulaciones medioambientales. No en vano, los sindicatos de trabajadores y una serie de grupos tradicionalmente liberales, así como ecologistas y defensores de la salud pública, han criticado duramente las negociaciones.
El lingüista, activista y analista político estadounidense Noam Chomsky considera que ese acuerdo busca poner "en competencia entre sí a los trabajadores de todo el mundo para bajar los salarios y aumentar la inseguridad". El experto argumentó en declaraciones al diario 'The Huffington Post' que gran parte de las conversaciones abordan cuestiones fuera del comercio ya que, según él, se centran más en imponer nuevas normas de propiedad intelectual en el extranjero y aumentar el poder político de las empresas.
Por otro lado, Chomsky lamentó que el acuerdo —al que tachó de ser en concreto "una escalada de metas políticas neoliberales"— sea un "secreto para la población, pero no para los negociadores de las corporaciones".
La población total de los países miembros de la unión sería de unos 800 millones de personas, y su PIB alcanzaría un 40% del índice mundial. Lori Wallach, una de los líderes del grupo estadounidense Public Citizen de defensa del derecho del consumidor, contó a RT que el acuerdo representa una gran amenaza para los países miembros de la asociación y sus habitantes, y que además existe un cierto peligro para algunos países de la zona.

lunes, 5 de octubre de 2015

Alfredo Castro protagonizará película de "Tengo miedo torero"

Alfredo Castro protagonizará película 
de "Tengo miedo torero" 
 La versión fílmica de la novela de Pedro Lemebel será dirigida por Sebastián Sepúlveda ( "Las niñas Quispe") y se rodará el próximo año. Entre abril y octubre del año pasado, Pedro Lemebel se dio el tiempo para escribir una versión fílmica de su exitosa novela "Tengo miedo torero" -publicada en 2001-, mientras batallaba contra el cáncer de laringe que le provocó la muerte a comienzos de este año. En completo sigilo, los productores Daniel Oliva y Jorge López Vidales llevan trabajando tres años en el proyecto, y la venia del escritor fue rotunda: no sólo les cedió los derechos para el cine de manera gratuita y a perpetuidad, sino que además se encargó de la adaptación, de visitar algunas locaciones y de revisar el vestuario, aparte de elegir a Alfredo Castro para que protagonizara la cinta.
La historia de amor situada en el Chile de 1986 entre un gay ("La loca del frente") y Carlos, un integrante del FPMR que participa en el frustrado atentado a Pinochet en el Cajón del Maipo -que hace nueve años tuvo una versión teatral a cargo de Claudia Pérez y Rodrigo Muñoz-, ahora será llevada al cine por la productora Zapik Films bajo la dirección de Sebastián Sepúlveda (montajista de "El club" y responsable de "Las niñas Quispe"). El tema central de la película lo interpretará Diego "El Cigala", y la banda sonora correrá por cuenta del compositor Camilo Salinas ("Los 80"). Junto a ellos, la intención es que varios nombres chilenos se sumen al soundtrack con nuevas versiones de temas clásicos que aparecen citados en el libro.
"El guión tiene un guiño muy de Pedro, que es que le cambió el final a la historia, algo que siempre quiso hacer y no lo hizo en la novela", adelanta el productor Daniel Oliva, quien agrega que Sebastián Sepúlveda le hizo retoques al texto para darle el énfasis cinematográfico, pero sin alterar la historia. "Originalmente nos interesaba hacer un documental sobre el atentado de 1986. Y a una amiga se le ocurrió contarlo a partir de la novela de Pedro. Finalmente lo conocemos, él se entusiasma y todo va mutando", relata Jorge López sobre los orígenes del proyecto. "Y ahora es un homenaje a Lemebel. Hoy el atentado está muy tangencialmente tocado en el guión, no es lo relevante, sino la historia de amor. Es la marginalidad, el contexto cultural y político de la época", define Oliva.
Castro, quien ya trabajó con Sepúlveda en "Las niñas Quispe", dice que "se requería a alguien de su sensibilidad para traspasar la novela al cine" y reconoce estar muy entusiasmado con concretar el largometraje: "Toca un momento histórico de Chile, pero también del travestismo y el mundo popular que me cautiva llevar a la pantalla".
El proyecto tiene un presupuesto inicial de $300 millones y postulan al Fondo Audiovisual -la productora Macondo se integró como productores asociados-, para el que hicieron una sesión fotográfica con Alfredo Castro caracterizado como el personaje principal de "Tengo miedo torero", pero también como Lemebel. Además de Castro, en el elenco estaría Pancho Casas, otro integrante del colectivo "Las Yeguas de Apocalipsis", en el papel de "La Negra". El resto se está definiendo a través de casting y la intención es rodar a mediados de 2016, coincidiendo con el tiempo en que transcurre la novela, con locaciones en Santiago, Valparaíso y posiblemente Quillota. Los productores dicen que una vez rodada la cinta, el plan es estrenarla en algún festival de cine importante y también están esperanzados con la respuesta del público en las salas. "No queremos que sea de nicho, al contrario, la idea es que la vea todo el mundo", define Oliva. http://diario.elmercurio.com/…/045f3150-5bf9-483e-afab-c4a6…